MONOGRAFÍA Nº 15
LAS SECRETAS ENSEÑANZAS DE LOS NAHUAS
En el museo de Antropología e Historia de la ciudad de
México se halla Xochipilli sentado sobre un cubo de basalto bellamente tallado.
Las rodillas en alto y las piernas en cruz de San Andrés, las manos con los
pulgares e índices en contacto y la vista hacia el infinito. Grandes orejeras
de jade; coraza -con fleco que termina en garras de tigre o colmillos de
serpiente- sobre la cual, en el pecho, ostenta dos soles con sendas medialunas
sobre los mismos; pulseras y rodilleras que rematan en flor de seis pétalos;
canilleras con garras que aprisionan sus tobillos y, sobre las canilleras, dos
campanolas con las corolas hacia abajo arrojando, una, seis semillas y la otra
fuego; cactli cuyas correas se anudan graciosamente sobre sus pies.
Xochipilli: "Xochitl": flor;
"Pilli": principal". Dios de la agricultura, de las flores, de
la música, del canto, de la poesía y de la danza. "Flores y cantos son lo
más elevado que hay en la tierra para penetrar en los ámbitos de la
verdad", enseñaban los tlamatinime en los Calmecac. Por eso
toda su filosofía está teñida por el más puro matiz poético. La cara de
Xochipilli es impasible pero su corazón rebosa de alegría.
Los anales dicen que el Sol-4-Aire, o Ehecatltonatiuh,
es Quetzalcoatl, el dragón luminoso, dios hermafrodita de los vientos que
soplaban desde el oriente por los cuatro puntos cardinales. Su comparte o igual
es Cuauhcoatl, la mujer serpiente. Quetzalcoatl llegó de Venus y regresó a
Venus. Por eso, cuando el Sol todavía está sobre el horizonte despidiendo sus
últimos rayos de oro, la estrella de la tarde, el alma de Quetzalcoatl, empieza
a brillar con sus primeras temblorosas luces.
Después del Sol-4-Ocelotl, Quetzalcoatl se sangró el
falo e hizo penitencia con Mictlantecuhtli, Huictiolinqui, Tepanquezqui, Tlallamanac y Tzontenco, para crear a los hombres que nuevamente poblarían a Anahuac. Ese
sacrificio se realizó en Tamanchoan (casa de donde bajamos) e hizo posible la
entrada de la vida en los huesos -de los gigantes devorados por los tigres-
traídos del Mictlan por Quetzalcoatl. Los hombres son el fruto del sacrificio
de los dioses. Con su sacrificio los merecieron. Por eso los llamaban
Nocehuales (los merecidos por los Dioses).
En la parte inferior del calendario azteca dos
Xiucoatl se encaran. En sus fauces asoman las caras de dos personajes. El de la
derecha tiene la misma corona, la misma nariguera y las mismas orejeras que
Tonatiuh. Este doble personaje es Quetzalcoatl caído en el plano físico. Está
unido por su lengua de pedernal a su comparte o igual, Xiucoatl, que porta
bezote y se cubre la cara con un velo. Ellos son los caídos Adam y Eva por la
trasgresión de la Ley de Dios: No fornicar.
Los Nahuas, para transmitirnos su filosofía sólo
contaban con la escritura ideográfica, motivo por el cual tenían que tallar
muchas esculturas para hablar, en cada una de ellas, de los atributos de la
Pareja Divina, Padre y Madre de los Dioses y los hombres.
Quetzalcoatl, el Cristo Cósmico que encarnó entre los
Nahuas para enseñarles a vivir de acuerdo con las leyes de Dios y para dar su
mensaje de triunfo ("En el mundo tendréis aflicción, mas confiad, yo he
vencido al mundo" Juan 16,33), se desdobla en Xochipilli, quien en el
pecho ostenta el símbolo de Gran Deidad. Las garras felinas del fleco de su
coraza son las mismas que a los lados de la cara de Tonatiuh destrozan
corazones, símbolo del sacrificio de las emociones del iniciado; sacrificio sin
el cual no es posible llegar a Dios.
La vulgo religión nahua celebraba la fiesta a
Xochihuitl en la cual, durante los cuatro días que la precedían, era
obligatorio comer solamente panes de maíz sin sal una vez al día y dormir
separados de sus mujeres los casados. Al quinto día, públicamente se ofrecían a
Xochipilli danzas y cantos acompañados de Teoamoxtli y tambores, ovación de
flores recién cortadas y panes con miel de abejas en los cuales se ponía una
mariposa de obsidiana, símbolo del alma del creyente.
Xochiquetzal es la diosa del amor, la comparte o igual
de Xochipilli, cuya morada está en el Tamoanchan, el depósito de las aguas
universales de vida que en el hombre se ubica en los zoospermos. Lugar
paradisíaco, alfombrado de flores, de ríos y fuentes azules, donde crece el
Xochitlicacan, árbol maravilloso que basta que los enamorados se paren bajo el
cobijo de sus ramas y toquen sus flores para que sean eternamente felices.
Jamás hombre alguno ha visto a esta deidad, sin
embargo los Nahuas la representaban joven y hermosa, con el cabello sobre sus
espaldas y un gracioso fleco en la frente; diadema roja de cuero de la que
salían, hacia arriba, penachos de plumas de quetzal, aretes de oro en las
orejeras y joyel del mismo metal en la nariz; camisa azul bordada con flores y
plumas multicolores; falda policromada y en sus manos ramos de fragantes rosas.
Su templo estaba dentro del templo Mayor de
Tenochtitlán y, aunque pequeño, lucía tapices bordados, plumas preciosas y
adornos de oro. Xochiquetzal tenía poder para perdonar. A su templo iban las
mujeres grávidas, después de tomar un baño lustral, para confesarle sus pecados
y pedirle perdón y ayuda, mas si estos eran muy grandes, a los pies de la
deidad se quemaba la efigie de la penitente modelada en papel de amate (ficus
petiolaris).
En los Calmecatl -"calli": casa;
"mecatl": cuerda, lazo, corredor largo y estrecho en las habitaciones
interiores de un edificio- tenía lugar una ceremonia ofrecida a Xochipilli.
Once niños, todos hijos de nobles, ejecutaban cantos y danzas en círculo en las
cuales daban tres pasos hacia adelante y tres pasos hacia atrás, seis veces, al
mismo tiempo que agitaban graciosamente sus manos. Un niño, arrodillado frente
al fuego que ardía en el altar, oraba silenciosamente por el pan de cada día y
otro niño permanecía parado en la entrada del templo haciendo guardia.
Este ceremonia duraba tanto como las danzas infantiles
y debía celebrarse en la primera noche que apareciera en el cielo la fina hoz
plateada de la Luna nueva. El director del calmecatl de pie entre el niño que
oraba y los danzantes, dando frente al altar, con el rostro impasible como el
de Xochipilli, recogía las vibraciones de la oración infantil, las de los
cantos, las de las danzas, y levantando sus manos oscuras hacia el cielo, que
ahora antojábase una flor, pronunciaba quedamente la mística e inefable palabra
que designa, define y crea, y que los niños pronunciaban en coro:
DANTER-ILOMBER-BIR.
("Si no os hiciereis como niños no entraréis en
el Reino de los Cielos". Mateo 18,2-4). Pero no glotones, díscolos y
groseros como algunos niños, sino como aquellos humildes y confiados en sus
padres que les dan todo lo que han de menester.
Sabiduría es amor. Xochipilli mora en el mundo del
amor, de la música, de la belleza. Su rostro sonrosado como la aurora y sus
rubios cabellos le dan una presencia infantil, inefable, sublime. El arte es la
expresión positiva de la mente. El intelecto es la expresión negativa de la
mente. Todos los adeptos han cultivado las bellas artes.
Los viernes, de 10 p.m. a 2 a.m., se puede invocar a
Xochipilli. Él hace girar a favor de quienes se lo piden y lo merecen la Rueda
de la Retribución. Pero él cobra todo servicio, él no puede violar la ley.
En el interior del templo del Sol, los Caballeros
Ocelotl y los Caballeros Cuautli, ataviados con yelmos en forma de cabezas de
tigre y águila, todos con penachos de plumas de quetzal en la nuca, símbolo de
la lucha que en la tierra tenían que sostener contra el mal; llevando en una de
sus manos un ramos de rosas y en la otra la macana forrada con piel de tigre y
plumas de águila, símbolo de poder; en sus muñecas brazaletes y en sus
pantorrillas canilleras, celebraban otra ceremonia el primer jueves de Luna nueva.
En ella había danzas y cantos rituales, y uno de los tlamatinime (espejo
horadado en sí mismo, órgano de contemplación, visión concentrada del mundo de
las cosas) cerraba la ceremonia con la siguiente oración:
"Señor por quien vivimos, dueño del cerca y del
lejos, con alegría te damos gracias por Nuestro Señor Quetzalcoatl, quien con
el sacrificio de su sangre y la penitencia hizo que entrara en nosotros tu
vida. Haznos fuertes como él, haznos alegres como él, haznos justo como
él". -Así sea- decían todos en coro.
Práctica
Después de una oración a Dios y a los Maestros, la que
le sea familiar, cada jueves debe usted dar principio al estudio del capítulo
que esa semana le corresponda estudiar. Cuando haya terminado, siéntese
cómodamente en su silla; esta debe ser la que usa regularmente en el sanctum
sanctorum de su hogar y la que no debe usar para otros menesteres. Relaje todo
su cuerpo, ponga su mente en blanco por unos minutos y aquiétese totalmente.
Cuando lo haya logrado, expanda su conciencia desde
adentro hacia afuera, vea que ella se agranda hacia arriba, hacia abajo, hacia
los lados, siempre alrededor de su cuerpo. Vea el color de su camisa, de su
corbata, de su traje, de sus zapatos. Vigile que su cuerpo se encuentre
relajado y en posición estética. Observe la orientación de su habitación, los
muebles, los cuadros; identifíquelo todo antes de abarcar las calles de toda la
ciudad donde vive; identifíquelas, sienta el correr de los vehículos y, así,
vaya expandiendo más y más su conciencia hasta que abarque toda la Tierra.
Después, abarque el espacio sin límites donde se mueven los soles y mundos
siderales.
Este ejercicio debe durar una hora y hacerse durante
treinta días con excepción de los domingos.
